EL EFECTO BOOMERANG

El nacimiento de mi sobrino, hace ahora cuatro años y medio, marcó sin quererlo un antes y un después en mi vida. Por sí mismo, pero sobre todo por las difíciles circunstancias que lo rodearon, me propuse brindarle la mejor de las bienvenidas a este mundo a veces tan complicado.
Pero lo curioso, es que con su llegada, imprevisiblemente para mí, cambió también la vida de otro ser humano: la de Areli, guatemalteca, de tres años de edad por aquel entonces.
Porque fue tal la ternura y el instinto de protección que Dani despertó en mí la primera vez que lo sostuve en mis brazos, tan chiquitín, tan indefenso y frágil, tan arrugado y feote (aunque era, y sigue siendo, una preciosidad), que no pude posponer ni un solo segundo más mi idea de apadrinar a un niño del mal llamado Tercer Mundo. Me lo había planteado en múltiples ocasiones, y otras tantas lo había desestimado, a la espera de ingresos más regulares.
Y sin embargo, fue lo primero que hice aquella tarde al salir del hospital. Llegué a casa, y con inusual urgencia, me dediqué a buscar en la red diferentes ONGS centradas en la infancia. Pasaron horas antes de encontrar la que consideré más adecuada, y eso porque, como podréis imaginar, para mí no era una mera cuestión de dinero.
Y precisamente por eso, las primeras que descarté, sin contemplaciones, además, fueron aquellas que "exigían" una cantidad mínima al mes, por baja que ésta fuera. Sin dudar de sus razones estratégicas, y a pesar de ellas, a mí me parece, sencillamente, una práctica de muy mal gusto. Si yo ofrezco, pongamos por caso, cinco euros, porque no puedo o no quiero dar más, (mi dinero es mío y hago con él lo que me da la gana), según yo, deberían juntarlo con cinco de otra persona, y con cinco de otra más, hasta alcanzar ese mínimo "imprescindible". En todo caso, que se busquen la vida, y que agudicen el ingenio, -deberían estar preparadas para ambas cosas -, pero que no me hagan creer que mis cinco no le sirven a un niño que necesita eso y más. No es buena táctica conmigo.
De las supervivientes a la criba (no tantas), me centré en las que colaboraban con niños de América Latina . ¿Por qué? Porque lo que yo pretendía era crear un vínculo con, en este caso, mi ahijada, y para ello era importante que hablara español. Y hasta qué punto...
Porque ayer, 30 de Agosto, (Areli pronto cumplirá ocho años), recibí la primera carta escrita de su puño y letra. Apenas me cuenta cuatro cosas, de sus hermanos y de la comunidad en la que vive, con giros en el lenguaje, de los cuales entiendo uno e intuyo los demás. Con letrotas enormes y torcidas, que levantaron todas mis simpatías.
Me emocioné. Nunca antes había sido tan consciente de la contradicción de estar llorando mientras mi boca dibujaba la mejor de las sonrisas. Alegre como pocas veces, sintiendo a Areli cerca, muy cerca, a pesar de la enorme distancia, lo cierto es que me involucré tanto como para soñar lo mejor para ella, como lo hago con mi sobrino, y como algún día, supongo, lo haré con mis hijos.
Y llevo desde entonces reflexionando acerca de este curioso efecto boomerang, por el cual pretendes contribuir a la felicidad de alguien, y, en el intento, la más feliz acabas siendo tú.

2 Comments:
At 1:09 p. m.,
Ettoretum said…
Aunque no sea algo obvio siempre hay un gran porcentaje de egoismo cuando se ayuda a los demas, porque el que ayuda también busca esa sensación de gratificación cuando ve que su ayuda ha contribuido positivamente a alguien.
Si el ayudar a otra gente causara desasosiego en el que presta la ayuda, se seguiría haciendo?
Me gusta tu blog.
At 9:45 p. m.,
Aldara said…
Puede que tengas razón,mirtho, aunque lo mío te aseguro que no fue tan calculado, si no una especie de "impulso".
Gracias por pasarte. Me gusta que te guste.
Un saludo.
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