
Una vez más, Marcos y yo compenetrados. Como cuando jugábamos de niños, y él se caía y la que iba llorando a mamá era yo. Agotados por toda la noche sin dormir, y tristes por tener que abandonarla, llegamos ayer de Bruselas. Cada uno ensimismado en sus propios pensamientos, casi sin hablar, con la absoluta certeza de que algún día, puede que pronto, regresaremos, y el temor real a que nada vuelva a ser lo mismo.
Y es que para ambos, (para mí en menor medida, es cierto), Bruselas comenzó como una aventura: una especie de Erasmus agotador y divertido, enriquecedor, aún llegando con unos cuantos años de retraso. Y para ambos también, terminó con una ilusión desconcertante de puro intensa.
Llegué dispuesta a disfrutar la ciudad cada segundo. Virgen en conocimientos, porque, aunque sólo dios sabe lo que me costó, le hice caso a Marcos y apenas busqué información de la ciudad. No me compré ninguna guía, no leí nada, no vi fotos. No quise saber si tendría metro (sencillo, con sólo dos líneas, y totalmente decorado con obras de arte, sí tiene); ni el número de habitantes (más de un millón, gran parte extranjeros). No quise saber qué se podía hacer o visitar, para no anticiparme a nada. El plan era, sencillamente, dejarme sorprender. Y lo cierto es que Bruselas me impactó, aunque yo estaba predispuesta a ello: me había enterado que a mi regreso empezaría a trabajar, y eso me vaciaba de preocupaciones e incertidumbre. Al final, dijeron que sí. Al enterarme, supuse que pellizcándome muy fuerte me despertaría. Pero lo único que conseguí fue un moratón en el brazo que tardó cuatro días en desaparecer, y una sonrisa que todavía no se ha borrado.
Durante el vuelo, hice un repaso mental de los compañeros de piso de mi hermano. Sospechaba, por lo que él me había contado, con quiénes congeniaría enseguida y a quiénes me costaría más tragar. En mi mente, les puse cara, como si fueran los personajes de un libro, aunque luego casi ninguno encajara con lo que mi imaginación había decidido. Por ejemplo, a Sven, el sueco, yo lo veía alto, rubio, de ojos azules y carácter frío y distante como su país. Y resultó alto, rubio, de ojos azules pero cálido y cercano. A Raika, eslovaca, todo lo contrario: quise que fuera morena de piel y con el pelo negro como el mío, y muy liso, extrovertida y habladora. Y resultó blanca como una muñeca de porcelana, con ojos de agua y más bien tímida y huidiza. Simon, francés, tenía que ser el sibarita del grupo, amante como era de la buena cocina, y prueba de ello, con algunos kilos de más. Pero no creí que tuviera aquellos coloretes permanentes y tantas supersticiones. Con el italiano, Carlo, fantaseé lo que quise, y decidí, sin haberlo visto en mi vida, que me iba a gustar más de la cuenta, pero lo cierto es que me cayó fatal y nisiquiera estaba bueno. Y con Rafa, el andaluz, sólo coincidí dos veces.
Y sí. Confieso que tenía especial curiosidad por la francesita que se colaba en todas y cada una de las conversaciones con mi hermano, y de la que, juro que sin mala leche, no recordaba el nombre. Bien. Se llama Nicole, y me gustó. Al menos, más que otras novias que Marcos haya tenido, aunque al principio se esforzaba demasiado por caerme bien. 29 años, de Lyon, dulce, alegre, inteligente. Que no le haga daño, por favor.
Ignoro si fue un acierto, pero cuando llegué tenía una idea más bien vaga de la ciudad: sabía que era la sede de algunas instituciones europeas, que hablaban francés, flamenco y algo de alemán, y que tenían un "monumento" (no es un monumento, !es un edificio!, ¿cómo podía no tener ni idea de eso?), en forma de átomo gigante, bastante famoso. Me refiero al Atomiun, que representa una molécula de hierro aumentada una burrada de veces, y que se construyó para la expo del 58. Lo han reformado hace poco.
De lo que estoy segura es de que hubiera agradecido mucho saber, por ejemplo,que los "choesels a la bruxellois", plato típico, eran asquerosos riñones estofados, antes de probarlos. O que Mannekin Pis no era un amigo de mi hermano, concretamente, "el del museo", como me hicieron creer muertos de risa, sino que se trataba de una estatuilla muy famosa en la ciudad que representaba a un hombre orinando, y que tenía vestuario propio, unos doscientos trajes, más o menos, expuestos en el Museo de Bellas Artes. En fin. Nada que alegar a mi favor, salvo que la ignorancia es terrible.
Y Bruselas una ciudad que merece mucho la pena. Pero también Gante, Brujas, Amberes, Malinas y Lovaina. Para generalidades, lo mejor es consultar una guía. Yo me quedo con las impresionantes fotos que logré de las vidrieras de la no menos impresionante catedral de Saint Michel; con la tarde pasada en el barrio de Sablon, que concentra dos de mis mayores debilidades: chocolaterías y tiendas de antigüedades. Con el descubrimiento de que Lucky Lucke y mis adorados pitufos son creación de artistas belgas, al igual que Tin Tín, aunque de éste ya lo sabía. Con el art noveau que invade toda la ciudad, y dos restaurantes: el de una de las esferas del átomo gigante de antes, y el temático "Halloween". Y con la Galería Saint Hubert, una calle comercial cubierta con cristaleras, como si fuera un invernadero. Y con la Grand Place, hermosísima...la lista es inacabable.
Pero si tengo que elegir, me quedo, sobre todo y ante todo, con el único belga, de Gante, para ser exactos, que conocí allí. A pesar de llamarse Conrado Pascual (sí, si, Koenrad Pascal Van algo larguísimo e impronunciable, Koen para los amigos, pronunciado "Kun"); a pesar de que, en lugar de besarme cuando nos despedimos, no se le ocurrió otra cosa que darme su tarjeta, tras más de doce horas juntos callejeando, riéndonos y charlando. A pesar de que por ello, "me viera obligada" a besarlo yo. ¿Qué puedo decir? Fue mágico. Por eso quiero volver, y por eso me siento como una niña, feliz y triste a la vez, y entendiendo muy bien a Marcos y su francesita.